Lejos de mañana
viejo. — (con sigilo) Sí, hay que recordar hacia mañana.
joven. — (absorto) ¡Hacia mañana!
Federico García Lorca, Así que pasen cinco años, leyenda del tiempo en tres actos.
Cachito, ¿recuerdas cuando el tiempo nos desbordaba? Se nos echaba encima hasta hacérsenos incomprensible. No sabíamos ni cómo pensar la realidad sin él, pues apenas podíamos decir qué era, aparte de la experiencia de la realidad misma.
¿Era una noción que en nuestra mente precedía a cualquier otra? ¿O era el ritmo que los pocos sucesos que alcanzábamos a observar y predecir dictaban a aquellos otros que eludían toda mensura? Era, seguro, la división agónica que partía el infinito, la posibilidad de cesar a cada paso mientras algo sujetaba las cosas con su ser. No el tiempo; fuera y más allá de él.
No éramos capaces de imaginarlo más que fraccionado, por no ser nosotros mismos sino una fracción suya. Y para orientarnos en su curso nos figuramos que este debía fluir en dos sentidos: hacia atrás y hacia adelante. Todas estas consideraciones han quedado suspendidas en este limbo desde el que escribo. Lejos de mañana, como titulaste entonces, pero no mucho más cerca de ayer, me propongo aquí recordar algo que todavía no ha sucedido. Es por eso que quizás trastoque a cosa hecha objetos y emplazamientos. Tengo presente, por ejemplo, que voy a empezar hablando de lo último. Pero ya dejó dicho el oscuro Heráclito que el camino para subir y el camino para bajar eran uno y el mismo. Así pues, para recorrer este espacio, hecho de ascensos y descensos, subiremos hasta el final para bajar luego al principio y quedar, finalmente, detenidos a mitad de camino.
Así, pensando hacia atrás, me viene a la mente tu imagen, sentado frente a la pantalla. Mientras escribías las órdenes, una máquina dibujaba lo que se le había ordenado, que resultaba ser otro modo de escritura. Entre medias había una descarga, un volcado de información a cuyo través las dos grafías se espejaban, ligadas como la causa y la consecuencia, disímiles en la pura faz del signo: caracteres convencionales, de un lado; formas abstractas, del otro. Cada marca impresa en esas obras, Traces, venía de un comando dictado en aquel áspero lenguaje, creado por una lógica que no es la de la representación, sino la de una radical economía simbólica.
Lo vuelvo a decir: las líneas que dejabas escritas anticipaban un resultado futuro; la máquina empleaba en su tarea un lapso que era función del que te tomabas en escribir el programa que la activaba. Entre esos dos momentos, el de la escritura y el de la máquina en marcha, mediaba una súbita transmisión, un pestañeo. Pienso que había en todo ello un juego mimético, como si quisieras reproducir en un modelo nuevo y diáfano la manera en que la mente induce inadvertidamente los movimientos del cuerpo y así descubrir cuánto de oscuro y visceral hay en ese simple pestañeo nuestro. Al igual que las marionetas de Von Kleist, estas pinturas llamadas Traces nos parecían, en su inconsciencia, seres infalibles, casi como dioses. Y, sin embargo, eran tus dedos sobre el teclado quienes les otorgaron una vida a imagen de la nuestra, hecha de corrientes flujos y resistencias, del balance entre lo que entra y lo que sale. Ahora, ya en presente, cuando vuelvo a mirar esas obras siento que me sumo a algo vivo que parece generarse ante mis ojos, pero que, en realidad, está cumplido; algo por hacer que ya está hecho. ¿Te pasa a ti también? ¿Sigues oyendo el zumbido del motor allí, al fondo de la trama?
También recuerdo, entonces y ahora, treinta y cinco paneles de metacrilato negro. Algo por encima de ellos nos miraba todo el rato. Aquel artificio omnisciente que llamaste Panopticon reconocía nuestra presencia y reaccionaba a cada desplazamiento. Ante sus ojos no había posición neutral ni movimiento inocente. Nos enfrentaba y nos decía: «veo dónde estáis», pero ¿cuánto sabía verdaderamente sobre nosotros? Los treinta y cinco paneles de metacrilato eran como otros tantos espejos de negra obsidiana, esos que, desde antiguo, convertían a las cosas y a los rostros en sus sombríos dobles. Una extensión aparte del mundo, sumida en el tiempo sin tiempo, abierta a pasados y porvenires ahondaba la superficie de aquellas láminas de polímero. Antes que violentados por el ojo estuvimos sometidos a la ilusión de una comunicación insólita que no era sino nuestro propio reflejo moviendo al ser que nos daba la réplica, triste híbrido —él y acaso nosotros— de amo y esclavo.
Volvamos ahora al principio, al espacio por el que se accedía a la sala aquel día. En una pared se nos mostraba Zephyr. Bajo un telón negro brillante, el aire circulaba impulsado por motores a través de cilindros huecos de acero. El mecanismo oculto se intuía en la acción de ese soplo que, alentado por números y cifras, hacía temblar las bolsas y pliegues del tejido como cuando un flujo se deshace en ondas. Acaso ese soplo fuese como aquel que desde las aguas de un lago acercaba al oído de un rey de epopeya algunas preguntas fundamentales: «¿En quién está establecido el sol? ¿Qué es más pesado que la misma tierra? ¿Qué es más alto que los cielos? ¿Qué es más rápido que el viento? ¿Cuál es el verdadero control? ¿Qué es el camino? ¿Quiénes lo siguen? ¿Cuál es el mayor prodigio?»… Interrogaciones acerca de los fenómenos de la naturaleza y su repliegue o su despliegue en el pensamiento, que es lo que entonces, como ahora, se dirimía.
Tras el soplo y sus rumores y preguntas, subimos donde la luz. Aparte y en mitad de todo nos recibía allí Helix, dibujando su volumen equívoco y fosforescente, sin adentro y sin afuera, ni sólido ni vacío. De las demás obras que hiciste con la luz y por la luz me salían dos categorías. Algunas, como Halo, hacían presente en la sala lo solar y lo celeste enmarcando una claridad fija o apenas cambiante. Las otras eran Retícula(S): tiras de destellos pulsantes y coloreados que marcaban fases cortas y recorrían los límites de un entramado modular. Frente a las primeras nos quedábamos absortos. Las segundas forzaban a la sincronía de nuestra mirada con su duración. De haber podido hablar nos hubieran dicho: «mírame mientras permanezco; mírame mientras paso». Unas y otras eran dos modos de la luz con el tiempo dentro, como decía el poeta y, aunque había infinitudes aparentes de un lado y rápidas repeticiones del otro, todo al final eran ciclos y bucles, análogos a otros ciclos y bucles (rotación, traslación, circulación, respiración) generándose sin fin, inabarcables hasta para el observador más dedicado.
Así buscaban esos pulsos, inertes o eléctricos, acordarse con nosotros y ser descifrados y asimilados por nuestro organismo hasta hacerse carne, sangre, oxígeno y linfa. Así se proponían programarnos y sintonizarse con las funciones del cuerpo para abrir un más allá del cuerpo mismo, como cuando se revelan al visionario los órganos de su fisiología sutil, alumbrando un espectro coloreado interior e invisible: del negro al rojo, del rojo al esmeralda. Pero todo eso nos quedaba muy lejos. No solo lejos de mañana, sino de cualquier tiempo. Mas cerca sentíamos, al subir y al bajar de nuevo, un eco de las cosas elementales, del agua, de la luz, del aire, del peso y del movimiento, en cuyos misterios, tan exactamente simulados digitalmente, habíamos sido iniciados a lo largo de un día ya completo. Nostalgias del pasado y del futuro, figuras y espejismos, divisiones contenidas en divisiones, ejes polares con el sur mirando al norte. Esos son mis recuerdos de lo que está por pasar. Esos y otros que me callo.